Parece inofensiva, pero esta frase puede esconder años de frustración, peleas y un malestar que no deja de aumentar: “Sé que puede cambiar”. Detrás de estas palabras hay historias de personas que, en muchas ocasiones, han aprendido a posponer su bienestar con la esperanza de que su pareja (o su padre, su amigo, su hermana, tu hijo) reaccione. Que se dé cuenta de lo que está pasando. Que madure. Que deje de herir, de alejarse, de repetir patrones. Y, mientras tantos, quien espera, desespera.

Amar no debería doler, pero muchas veces lo hace precisamente por esto: por esperar lo que no llega. El problema es que desde fuera parece muy sencillo sentar sentencia, pero cuando estamos dentro de una relación no lo es tanto. ¿Cuándo es el momento en el que debemos dejar de esperar? ¿Hasta cuándo es normal pensar que el otro cambiará? El psicólogo, sexólogo y terapeuta de pareja, Adrián Chico, nos da las claves.

Esperar no significa posponer tu vida

Qué fácil es confundir, cuando uno está en una relación, la empatía con el sacrificio. Creemos que si entendemos el origen del dolor del otro (su pasado, sus traumas, sus heridas), entonces debemos aguantarlo todo. Pero como bien señala Adrián Chico para La Nación, “Entender algo y que ese algo tenga lógica no quiere decir tener que justificarlo y vivir con ello. En ese proceso de ser comprensivo con el otro, de ser empático, no puedo olvidarme de ser comprensivo conmigo mismo y con mi propia necesidad”.

Esta debería ser, quizá, la primera pista sobre hasta cuándo es saludable esperar. No hay una medida de tiempo exacta, sino una serie de señales que nos advierten que es momento de seguir adelante.

Es normal que, a lo largo de una relación, surjan temas en los que uno u otro miembro de la pareja tenga que cambiar. Y todos necesitamos tiempo para hacerlo. Pero cuando esa espera significa sacrificar tu vida, algo va mal. Comprender lo que el otro está pasando no es excusa para dejar tu vida aparcada. “Es increíble cuánto tiempo de nuestra vida podemos llegar a perder con la esperanza de que alguien que queremos mucho cambie y se convierta en la persona que queremos”, explica Chico.

El cambio debe venir del otro

Muchas personas se quedan atrapadas en relaciones esperando un cambio que no depende de ellas. Y esta es la segunda clave que nos ofrece el experto: no podemos esperar eternamente a que la otra persona dé el primer paso, porque lo cierto es que a veces no hay nada que podamos hacer para que las cosas mejoren.

Si entender al otro no es razón suficiente para permanecer a su lado, tener la capacidad de ayudarle tampoco lo es. Así lo explica el experto, que asegura que “a veces hay que entender que, aunque yo tenga la capacidad de ayudar a alguien, no significa que deba hacerlo y que tenga la obligación de quedarme”.

Y es que, como se suele decir, no se puede ayudar a quien no quiere ser ayudado. Si el cambio no nace de la otra persona, si no hay un interés real por cambiar y evolucionar, no hay nada que podamos hacer para arreglarlo. Comprender esto puede ser doloroso, pero revelador.

El peor de los casos

Llegamos así al peor de los casos, aquel en el que el tiempo ha hecho que ni siquiera entendamos los motivos del comportamiento al otro, no veamos disposición al cambio y la desesperanza sea absoluta. En esta situación, el psicólogo Adrián Chico nos lanza una pregunta… “¿Cuánto tiempo de nuestra vida estamos dispuestos a perder por alguien que quizás no da ni la mitad de la suya por nosotros?”

El psicólogo nos invita a comprender que “durante todo ese proceso invertido en el otro, al final terminas perdiéndote a ti mismo. Acabas desapareciendo”. Eso no es amor, porque como él mismo concluye, “no tienes que desgarrarte el alma para que alguien te quiera”.

Hay otra posibilidad, aquella en la que comprendemos los motivos del otro para comportarse de esa forma y además parece dispuesto a cambiar, pero las circunstancias son tan complicadas que el tiempo pasa sin avances. Incluso en esa compleja situación, Chico nos invita a comprender que la espera no puede ser algo que desgaste.

Amar no es soportar. No es callar para evitar discusiones ni darlo todo a cambio de migajas emocionales. Amar, en ocasiones, es tener el valor de decir “hasta aquí”. Puede que la otra persona sea un bellísimo ser humano lleno de potencial de cambio, que lo haya pasado mal, que quiera cambiar y que no pueda. Pero eso no justifica tu sufrimiento, ni lo legitima. Si estás cansada de esperar, entonces toca decir “se acabó”. Esa es la señal inequívoca, el momento exacto en el que ya no merece la pena seguir esperando. Cuando sabes que no tienes nada más que hacer por el otro. Es entonces cuando toca decir adiós.

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