Seguro que has escuchado esta frase miles de formas en tu vida: “Anda, no llores, que no es para tanto”. Hay otras muchas versiones: “ya pasó”, “sonríe, que la vida es corta”, “no merece la pena llorar”. Puede que tengan buenas intenciones, pero lo cierto es que tras ellas se esconde un oscuro problema: evitamos, a toda costa, las emociones negativas. ¿Qué pasaría si en lugar de sofocar esas lágrimas, les diéramos el espacio que se merecen?

Mariana Alessandri, profesora de filosofía en la Universidad Valle del Río Grande, de Texas, sostiene que las emociones oscuras tienen mucho que enseñarnos si dejamos de huir de ellas. En su libro, Visión nocturna: Un viaje filosófico a través de las emociones oscuras, reflexiona sobre la importancia de aceptar la tristeza, la ira o la ansiedad, no como debilidades, sino como partes esenciales de nuestra experiencia humana.

El tabú de las emociones oscuras

¿Por qué nos cuesta tanto aceptar las emociones oscuras? La tristeza, la ira o el miedo, tradicionalmente, han sido vistas como indeseables. “Desde los filósofos griegos, consideramos que las pasiones son una muestra de debilidad”, explica Alessandri en una entrevista para el Diario Ara. Platón, por ejemplo, comparaba las emociones intensas con un caballo negro y loco que debía ser domado por la razón. Esta visión ha dejado una huella profunda en nuestra cultura, llevándonos a creer que la estabilidad emocional pasa por evitar cualquier malestar.

estrés, tristeza y depresión en pandemia
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Pero, para Alessandri, esa represión no nos hace más fuerte, tan solo nos desconecta de nuestra realidad emocional. “Cuando consolamos a un hijo, a menudo le decimos que ya ha pasado todo, que lo olvide. Pero los hijos merecen que los amemos también cuando tienen sentimientos negativos”, explica. De hecho, esa capacidad de amar incondicionalmente, incluso en la tristeza o la rabia, es fundamental para construir una autoestima sana.

La lección más valiosa

La forma en la que enseñamos a los niños a gestionar sus emociones puede marcar la diferencia en su bienestar a largo plazo. Alessandri lo tiene claro: “Nunca le he dicho a un hijo que no llore. Llora tanto como necesites, que yo estaré a tu lado”. Legitimar las emociones desde la infancia es crucial para el desarrollo emocional, debemos ofrecer a nuestros hijos un espacio seguro donde puedan expresarlas sin miedo al juicio.

Validar emociones de los niños
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Eso no significa que debamos hundirnos por lo que sentimos. Así lo refleja la profesora de filosofía a través de una curiosa anécdota. Dando un paseo familiar, su hijo entra en una rabieta inconsolable, porque no quería ir en bici. Su padre, siguiendo el modelo que ambos intentan seguir en la crianza de sus hijos, le dijo: “llora tanto como quieras, pero sigue pedaleando”. De eso se trata la vida, de acompañar en las emociones, en todas ellas, reconociendo su potencial sin que eso tenga por qué hundirnos.

La trama de la eterna felicidad

Vivimos influenciados por finales felices. Tras cada película, sea romántica, de terror, un thriller o incluso una historia basada en hechos reales, siempre presentimos el final feliz. Todos los problemas están solucionados, las emociones “malas” no volverá a aparecer. La realidad, por supuesto, dista mucho de ser así.

optimismo
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Debemos abandonar el culto del optimismo ingenuo. La obligación de ser felices, positivos y resilientes se ha convertido en un imperativo, en especial en culturas como la estadounidense. “Conozco a padres y madres que le dicen a su hijo: ‘Vete a la habitación y no salgas hasta que seas feliz’ ¿Qué le estamos diciendo? Pues que solo le amamos cuando sonríe”, advierte Alessandri.

Esta búsqueda obsesiva de la felicidad perpetua es inalcanzable y nos genera una gran desconexión emocional. La autoestima, explica la filósofa, no se construye desde una felicidad forzada, sino desde la certeza de que somos aceptados tal y como somos, con todo nuestro espectro emocional.

Estar presentes en el dolor

Una de las experiencias más significativas que vivió Alessandri tuvo lugar cuando su madre, que ya no podía ser independiente, se mudó a su casa mientras ella trabajaba en su libro. “Eran semanas complicadas”, recuerda. “Me sentía feliz por el lanzamiento, pero al mismo tiempo muy triste viendo cómo ella se apagaba”. Una noche, al enterarse de que su hijo mayor lloraba por algo aparentemente trivial, decidió levantarse y abrazarlo. “Entré en su habitación, lo abracé y, al cabo de un rato, yo misma empecé a llorar. Él me preguntó por qué lloraba, y le dije que era porque mi madre se estaba muriendo. Y estuvimos un largo rato abrazados, llorando en la oscuridad”.

Según muchos modelos de crianza, esta historia es catastrófica. ¡Cómo vamos a enfrentar a los más pequeños a crueldades como el dolor por la muerte! Pero lo cierto es que ese dolor sigue ahí, forma parte de la realidad. Y negarlo solo puede hacernos más daño.

Alessandri habla de este momento como un poderoso recordatorio de lo que significa acompañar a alguien en su tristeza. “No necesitamos tener un buen motivo para llorar”, reflexionar. El dolor, como la felicidad, forma parte de la vida, de la experiencia humana, y merece ser vivido, compartido y comprendido.

La filósofa nos deja una lección que no debemos olvidar: no se trata de pedir sonrisas forzadas, esto nada tiene que ver con la felicidad. El objetivo debe ser fomentar una honestidad emocional que nos permita vivir la vida con todas sus luces y sus sombras.

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