Haz un pequeño ejercicio. Imagina que tienes que contar tu vida en forma de historia. ¿Qué personajes aparecerían? ¿Cuál sería la trama principal de este capítulo? ¿Cómo te definirías? Gabriel y Luis García de Oro saben mucho de historias, son los fundadores (junto a una tercera socia) de Fantástica Storytelling, y han llevado su pasión por las historias al papel a Historiograma (Destino), un libro que nos ayuda a repasar esas historias que, de alguna forma o de otra, viven en cada uno de nosotros.

Gabriel es graduado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, cuenta con una certificación como coach por la International Coaching Federation y un máster en hipnosis ericksoniana en el Institut Gestalt. También es colaborador habitual de la revista Cuerpomente, y en esta ocasión nos ha regalado unos minutos de su tiempo para explicarnos cómo podemos usarlas a nuestro favor.

Estas son las historias que necesitas contarte, las que debes evitar y las que pueden hacerte más fuerte que nunca. Si alguna vez pensaste que no tenías nada que ver con Caperucita Roja, con Aladino o con el genio de la lampara maravillosa, los hermanos García de Oro te demostrarán justo lo contrario. Las historias viven en nuestro interior.

El Historiograma

- Vuestro libro se llama Historiograma, ¿en qué consiste y qué nos vamos a encontrar en el libro?
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Mira, el historiograma es un concepto. Es una palabra inventada de una realidad que no es inventada. Partimos de la base de que los seres humanos estamos hechos de historia, vivimos en las historias que nos contamos. Nos contamos historias del pasado, nos contamos el presente, nos proyectamos en el futuro en forma de historia. Y hay ciertas historias que se repiten entre nosotros.

Historias de pesadilla

-¿Cuál es la historia más peligrosa que nos podemos contar a nosotros mismos?
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La historia más peligrosa, o al menos poco útil, es aquella que habla de que no puedo, de que no soy capaz, de soy demasiado. Esto tiene mucho que ver, y también lo abordamos en el libro, con las creencias. Las creencias tienen forma de historia, tienen sus partes: introducción, nudo y desenlace.

Si yo creo, por ejemplo, que no se me da bien hablar en público, que no lo hago bien, que no conecto con los demás, me limito. Porque esto es una creencia, no es un hecho. Un hecho es que una mesa sea blanca y tenga cuatro patas. Pero ¿cómo me cuento esto? Mi conducta, la forma en la que actúo en el mundo, se adapta a estas creencias históricas que yo me cuento. Si tengo miedo de hablar en público, estaré nervioso, querré que acabe cuanto antes, y por tanto se provocará aquello que nos encanta a los seres humanos: reforzar esa creencia y darme la razón. Diré “¿ves? No hablo bien en público”.

Esta forma de pensar es muy tóxica. Eso no quiere decir que te puedas autoengañar, pero puedes cambiar esa historia negativa por otra positiva. Puedes decirte “A lo mejor no soy Steve Jobs, pero quien sabe, puedo aprender poco a poco”. Mi manera de estar en el mundo será más de prueba, de ver si puedo aplicar diferentes herramientas, y el resultado será distinto.

-Al contarnos historias, cambiamos nuestra narrativa, pero existe un riesgo de autoengañarnos. ¿Cuáles son los peligros del autoengaño y cómo lo evitamos?
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El autoengaño es duro de reconocer y está muy ejemplificado en el capítulo que dedicamos a Caperucita Roja. Al margen de su narrativa convencional, es una historia de autoengaño. Cuando Caperucita ve al lobo, en esa famosa parte de “¡qué orejas más grandes tienes!”, ella ya sabe que es el lobo. Es imposible que no lo sepa. Es ese momento en el que empiezas a sospechar. Y a veces, hay que escuchar a esa parte de Caperucita que nos dice, “qué nariz más rara tiene”. A veces, lo que parece, es. Y aunque no queramos, tenemos que pararnos y detectar esos autoengaños.

Darse cuenta del autoengaño requiere contemplación, requiere parar y mirarte por dentro. Investigar, al menos, por qué la abuelita tiene las orejas tan grandes.

La historia como elemento posibilitador

- En el otro lado de estas historias, se encuentran aquellas que nos empoderan. ¿Cuáles son las historias más poderosas que nos podemos contar?
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Todas aquellas que te posibilitan, las que están más en el camino de la excelencia, que de la exigencia. Son palabras que a veces podemos confundir, pero que no son lo mismo.

La exigencia es un camino que no tiene celebración. Nunca estás satisfecho, nunca ha sido suficiente, nunca lo has hecho suficientemente bien.

Por otro lado, el camino de la excelencia es decir: “Oye, lo he puesto todo hoy. Hasta aquí, he dado mi mejor versión. Puede que me haya salido mejor o peor. Pero voy a aprender de cara al futuro”. Todas esas historias que te dan posibilidades positivas son poderosas, porque te hacen evolucionar y aprender, y seguir adelante con cierta celebración.

-Vivimos en una sociedad en la que estamos expuestos constantemente a la ficción, quizá más que nunca. En este contexto, ¿la ficción nos duerme o nos despierta?
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Una cosa es la ficción tal como la hemos entendido siempre, y luego está aquella que ficciona la realidad, y se acerca mucho a una mentira, a una manipulación. Esta última nos atonta, nos adormece. La ficción, entendida como historias metafóricas, que, como decía Vargas Llosa, “son una gran mentira, porque cuentan una gran verdad”, nos enseñan.

Pensemos en El Quijote. Es todo mentira, pero nos cuenta una gran verdad del ser humano. Esas historias son con las que crecemos. Con los cuentos, como dice Coleridge, hacemos voluntariamente la suspensión de la incredulidad, porque intuimos que ahí hay algo importante y algo relevante nuestro que va a ser contado.

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Cuentos infantiles y otra historias comunes

-Todos hemos crecido con algunos cuentos en común, y muchos de ellos aparecen en el Historiograma. ¿Cómo nos han cambiado estas historias?
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Los cuentos infantiles siempre nos hablan de nosotros. Muchas veces lo olvidamos, pero encierran poderosas lecciones.

Desde una perspectiva cercana al psicoanálisis, todos los personajes que aparecen en los cuentos somos nosotros. Cuando hablamos del dragón, de la princesa o del príncipe, en realidad hablamos de partes de nosotros mismos. Hay aspectos de nuestro ego que tienen forma de dragón y que deben ser vencidos. Hay luchas internas que aparecen en estas historias y, si las escuchamos atentamente, nos damos cuenta de que contienen grandes enseñanzas psicológicas.

De hecho, nacieron para eso. Los cuentos infantiles no eran solo para niños. Siempre han estado más cerca de la magia y la transformación personal que del mero entretenimiento.

-No podemos cambiar la historia para que no exista el lobo, porque el lobo está ahí. Entonces, ¿cómo nos enfrentamos a los "malos" de nuestras propias historias?
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Las partes de nosotros que quieren dañarnos existen, aunque a veces no entendemos por qué. Estás tranquilo y, de repente, te invade un pensamiento que te hace entrar en bucle. Eso también es un lobo que acecha en el bosque. Podría ser una metáfora de nuestra mente.

Entonces, debemos acercarnos a estos pensamientos con calma y perspectiva, casi desde una mirada meditativa. Ese pensamiento o ese "lobo oscuro" no está ahí para desgraciarnos. Simplemente aparece y podemos dejarlo pasar. Es como una nube negra: pasa, pero no tiene por qué convertirse en parte del paisaje.

Ahora bien, a veces esos lobos son desafíos que hay que afrontar. Si la vida te pone un obstáculo, es porque necesitas aprender algo de esa lucha. Y aquí hay algo interesante: la palabra “enemigo”. Su significado no es solo "alguien que quiere hacerte daño”, sino  "alguien que todavía no es tu amigo". Entonces, quizá podamos integrar a esos lobos de otra manera, sin que necesariamente acaben con piedras en la barriga, como en el cuento. Porque, al final, los conflictos están dentro de nosotros. Nosotros somos la lucha, el dragón, la princesa, el príncipe y la bruja, todo a la vez.

Clásicos muy actuales

-De todos los cuentos que analizáis en el libro, ¿cuál consideras que es el más actual?
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Es difícil elegir uno solo, porque hay varios que tienen muchísima vigencia. Pero si tuviera que destacar otro, diría Aladino.

En nuestra investigación nos sorprendió mucho su lectura simbólica. Porque, más allá de la historia de la lámpara maravillosa, Aladino habla del ego. El genio representa el ego. Es esa parte deslumbrante, exagerada, rimbombante. Bien gestionado, el ego puede ayudarte a cumplir tus deseos. Mal gestionado, puede hundirte. Si no hay un diálogo sano con tu ego, las cosas pueden salir mal. Pero si aprendes a relacionarte con él, puede ser un aliado increíble.

Y aquí entra un concepto clave que hoy necesitamos más que nunca: la amabilidad. La amabilidad es el equivalente a frotar la lámpara. Cuando activamos la amabilidad, aparecen genios maravillosos que nos acercan a una vida más plena. No hablo de éxito monetario, sino de una vida plena y conectada. Por eso me parece un cuento muy, muy actual.

-Muchas de las historias que mencionáis tienen siglos de antigüedad y siguen pareciendo actuales. En esta época de incertidumbre, ¿cómo podemos volver a conectar con esas historias?
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Lo primero es darnos cuenta de su vigencia. Si seguimos hablando de estos cuentos es porque son lo suficientemente metafóricos como para adaptarse a cada época. Por ejemplo, si lees Robinson Crusoe con los ojos de hoy, puedes encontrar elementos que no encajan con nuestra visión actual. Pero si quitas la capa de su tiempo y te quedas con el mensaje, descubres cosas fascinantes. Como la metáfora de la isla.

Todos, en algún momento, necesitamos nuestra propia isla. Necesitamos reconectar con nosotros mismos, con nuestra ecología interna. Porque si nuestra ecología interna se desestabiliza, nuestro mundo también lo hace. Cuando leemos desde esta perspectiva, estos relatos se convierten en la mejor fuente de inspiración que existe.

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