“No confíes en alguien que no tiene amigos”. La frase, dicha así, suena fuerte, como si fuera un consejo de taberna fruto del despecho. Pero no: la firma un psicólogo. Y no uno cualquiera, sino el mismísimo Aristóteles, como explica el filósofo David Pastor Vico. Como filósofo y divulgador, saber cómo colarse en lo cotidiano para hacernos pensaren serio. Y la reflexión que compartió recientemente en Aprendemos juntos, del BBVA, no apunta a likes ni a la vida social aparente, sino a algo mucho más profundo: la capacidad de una persona para vivir con otros, preocuparse por ellos y formar parte activa de una comunidad.

Y es que, aunque en la actualidad escuchamos más que nunca aquello de “conócete a ti mismo”, en libros de autoayuda, en redes sociales, hasta en eslóganes publicitarios, lo cierto es que el origen de esta frase está en la filosofía clásica, y su significado real es bien distinto. ¿Qué tiene esto que ver con los amigos?, te estarás preguntando. Mucho más de lo que te imaginas, como nos revela el gran Vico.

El lema de los sabios que se convirtió en eslogan

En el templo de Apolo en Delfos, nos cuenta el filósofo en una conferencia para Aprendemos juntos de BBVA, los antiguos griegos se encontraban con un secreto escrito en la entrada. El gran secreto, la gran advertencia. Allí se podía leer: “Conócete a ti mismo”. No era una frase con la que adornar stories en Instagram ni para lucir en camisetas. Era el punto de partida de una vida dedicada a la reflexión y la ética. Sócrates la adoptó como guía de sus enseñanzas y Platón la convirtió en el lema de su academia. No necesitaban explicarla: su sentido es tan profundo que bastaba con nombrarla.

Pero los tiempos han cambiado. Hoy, como bien señala Vico, esta idea parece más una frase hecha, “porque parece que si vamos a un restaurante japonés o chino nos dan unas galletitas de la suerte, las abrimos y dicen ‘conócete a ti mismo’”, explica el filósofo. “Puede aparecer en cualquier sitio, es una especie de comodín, de mantra de autoayuda. ‘Cónocete a ti mismo’ pero… ¿Cómo me conozco a mí mismo?”

La pregunta que lanza el filósofo es clave, porque rara vez nos preguntamos qué significa este mantra que repetimos sin conocer su origen ni su auténtica profundidad. Solemos pensar que basta con mirar hacia dentro y desconectarse del mundo para encontrar respuestas. Pero la filosofía antigua tenía claro que el autoconocimiento no era un fin en sí mismo, sino una herramienta para servir mejor a los demás.

No puedes hacerlo solo

Vico lo deja claro, y así era como lo veían también los griegos clásicos: “Solo no te puedes conocer a ti mismo, te conoces a través de la mirada del otro. Necesitas al otro para conocerte a ti mismo”. Y tiene razón.¿Quién no ha necesitado alguna vez dejar salir las palabras y que sea el otro quien nombre aquello que sentimos y no podemos explicar? El filósofo nos lleva a la adolescencia para comprenderlo. Esa sensación confusa que sientes ante el primer amor, cuando el cuerpo se acelera al ver a alguien y no sabes qué te está pasando. Solo la presencia de un buen amigo (o de un padre o una madre) da con la clave. ¡Estás enamorado! Vico cita entonces aquel gran poema que dice que “esto es amor y solo el que lo probó lo sabe”. Y según nos explica, “como con el amor, en casi todas las cosas importantes de la vida, necesitamos que alguien nos explique” que es lo que sentimos, “verlo reflejado en la mirada del otro”.

En ese espejo que es el otro descubrimos lo que somos. Nos damos cuenta de lo que nos gusta, lo que nos duele, lo que nos define. No hay autoconocimiento sin contraste. No hay verdad personal sin diálogo. Y es por esto, precisamente, que Aristóteles decía aquello de “no confíes en alguien que no tiene amigos”, cita que Vico secunda.

El individualismo nos ha vuelto idiotas (literalmente)

Pero vayamos más allá. Si nos alejamos de la esfera íntima, y pasamos a valoraciones mayores, la frase de Aristóteles toma un nuevo sentido. “Verán”, continua Vico, “¿saben ustedes cómo se denomina a aquella persona que solo se preocupa por sus propios asuntos y no comparte de los asuntos públicos, de los asuntos que a todos nos importan?”. La respuesta, como promete, nos encanta. Y es que los clásicos usaban esta palabra para definir a “aquel ciudadano que solo se preocupa de sus problemas y que no comparte de los asuntos de los demás”. Idiota es, por tanto, el que se desentiende de la vida en comunidad.

En la actualidad, esa figura se ha normalizado. Se nos repite que cada uno debe centrarse en sí mismo, trabajar su autoestima, proteger su energía, ser su mejor versión. Pero, como nos recuerda Vico, si no participamos de los problemas de los demás, estamos impidiendo que también ellos sean felices con nosotros dentro. Porque vivir bien no es solo cuidarse, es formar parte de un “nosotros” real.

El “nosotros” que lo cambia todo

¿Cuál es la solución a toda esta problemática del individualismo? ¿Cómo convertirnos en personas de las que otros puedan fiarse? Fácil. Volviendo a abrazar él nosotros, pues es la única forma de vencer el miedo instintivo que la palabra “otros” parece producirnos. Vico reivindica esta como una de las más bellas palabras de nuestra lengua. “Nosotros”. Pero ¿por qué?

“Nosotros”, explica el filósofo, es la unión de dos ideas: el “nos” y el “otros”. Un plural que no excluye, sino que une. Y que, como explica, tiene raíces profundas en nuestro idioma y nuestra historia.

Frente a una autoayuda que insiste en el “auto” (autocuidado, autoconocimiento, autoestima), Vico propone algo más exigente, pero también más esperanzador: la ayuda compartida, el conocimiento mutuo, la construcción colectiva. Porque si los problemas de salud mental, de desconexión, de soledad y de malestar emocional están crecimiento, quizá la solución no se encuentre entre las páginas de un libro de autoayuda. Tal vez lo que necesitamos es volver a reconocernos como parte de los ostros.

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